Qué es la Psicogeriatría: Historia, Diferencias con la Geriatría y su Papel en la Salud Mental del Adulto Mayor

Detrás de cada persona mayor que "ya no es la misma" hay una pregunta clínica real que casi nunca se hace a tiempo: ¿es la vejez, o es algo tratable que la vejez está disfrazando?

Creado por Cesarina Ruiz

Hace un tiempo cursé la asignatura de Psicogeriatría dentro de mi formación en Psicología Clínica, y una de las cosas que más me llamó la atención fue notar cómo este campo suele confundirse, incluso entre los propios estudiantes, con otros tres términos que suenan parecidos pero significan cosas distintas: gerontología, geriatría y psicogerontología. Entender bien esa diferencia no es un simple ejercicio de vocabulario — cambia por completo cómo se evalúa y se acompaña a una persona mayor.

En este artículo quiero compartir, con base tanto en lo que estoy estudiando como en fuentes académicas reales, qué es exactamente la psicogeriatría, de dónde viene históricamente, y por qué es un campo cada vez más relevante en nuestras sociedades que envejecen con rapidez.

Qué es la psicogeriatría y en qué se diferencia de la geriatría

Para entender la psicogeriatría hay que empezar por un término más amplio: la gerontología, la ciencia que se encarga del envejecimiento humano en su totalidad, y en la que confluyen conocimientos de la psicología, la medicina, la educación y la sociología. La palabra proviene del griego geronto (anciano) y logos (tratado), y abarca las aportaciones de todas las disciplinas científicas, filosóficas y artísticas sobre el proceso de envejecer.

Dentro de esa gran ciencia, existen dos ramas específicas que conviene diferenciar con claridad. La geriatría es la rama eminentemente médica y biológica de la gerontología: estudia los aspectos fisiológicos y las enfermedades propias de la vejez, desde un enfoque de medicina interna. La psicogerontología, en cambio, es la rama psicológica: el conjunto de aportaciones tanto teóricas como prácticas de las distintas áreas de la psicología al proceso de envejecimiento, incluyendo el estudio del envejecimiento psicológico normal y la promoción de la salud mental en esta etapa.

La psicogeriatría, finalmente, es una rama específica dentro de la psicogerontología: se especializa concretamente en las enfermedades mentales de la persona que envejece y del adulto mayor. Dicho de forma simple, si la psicogerontología estudia el envejecimiento psicológico en general (tanto normal como patológico), la psicogeriatría se enfoca específicamente en la patología, en aquello que sí requiere intervención clínica.

Los orígenes históricos de la psicogeriatría: un recorrido de más de 2,000 años

Pocas personas saben que el debate sobre si la vejez debía considerarse una enfermedad o un estado natural ya existía en la Grecia clásica. Aristóteles sostenía que la vejez era, en efecto, una enfermedad; el médico Galeno discrepó abiertamente, defendiendo que se trataba de un estado natural, resultado simplemente de una vida larga. Esta visión de Galeno se mantendría vigente, asombrosamente, hasta bien entrado el siglo XIX, transmitida a través de la medicina árabe, los médicos medievales y los humanistas del Renacimiento.

Una de las primeras publicaciones reconocidas sobre el tema data nada menos que de 1236: Roger Bacon escribió La Cura de la Vejez y la Preservación de la Juventud. Siglos después, en los siglos XVII y XVIII, figuras como Francis Bacon y Benjamin Franklin llegaron a soñar con descubrir las leyes que gobiernan el envejecimiento para lograr, algún día, un rejuvenecimiento real.

El estudio académico moderno sobre el envejecimiento comienza propiamente con los trabajos biométricos de Adolphe Quetelet (1796-1874), considerado el primer gerontólogo de la historia por aplicar la curva de Gauss al estudio de la evolución de la vida humana, y de Francis Galton (1822-1911), a quien ya conocemos bien en este sitio como el padre de la psicometría, y cuyo interés por medir y cuantificar rasgos humanos se extendió también al estudio del envejecimiento. El neurólogo Jean-Martin Charcot —el mismo con quien años después estudiaría Sigmund Freud— escribió en 1881 sobre la importancia de dedicar un estudio especial a la vejez y sus enfermedades.

El término “geriatría” como tal fue acuñado en 1907 por Ignatz Leo Nascher, un pediatra reconocido que terminó fundando el primer departamento de Geriatría de Estados Unidos, en el Hospital Mount Sinai de Nueva York. Pero para muchos historiadores, el verdadero nacimiento de la geriatría moderna ocurre en 1935, con el trabajo de la doctora Marjory Warren en un hospital para enfermos crónicos en Londres. De su experiencia clínica nacieron principios que siguen plenamente vigentes hoy: la vejez no es una enfermedad; es esencial realizar un diagnóstico exacto; muchas enfermedades de la vejez son curables; y el reposo injustificado puede ser peligroso para la persona mayor.

Las 4 etapas históricas de la psicogerontología, según el profesor Forteza

El desarrollo de la psicogerontología como campo académico independiente suele describirse, siguiendo al profesor Forteza, en cuatro etapas bien diferenciadas.

La fase de iniciación, entre las dos guerras mundiales, incluye el trabajo pionero de Hall (1922), quien escribió su libro Senescence a los sesenta y ocho años, basándose en cuestionarios y en su propia observación, concluyendo que la transición a la vejez varía enormemente entre individuos y que, igual que ocurre en la adolescencia, esta etapa exige construir un nuevo sentido del yo. En esta misma fase, un estudio pionero de la Universidad de Stanford (1928) aplicó pruebas de aptitud a más de 800 sujetos de entre 10 y 89 años, sentando las bases de la investigación longitudinal en este campo.

La fase de constitución, tras la Segunda Guerra Mundial, ve nacer en 1945 una sección específica sobre “madurez y vejez” dentro de la Asociación Americana de Psicología (APA), y en 1961 la formulación, a partir del influyente estudio de Kansas City, de la llamada “teoría de la desvinculación” por parte de Cumming y Henry.

En la fase de consolidación y desarrollo, destacan hallazgos genuinamente sorprendentes. El estudio holandés de Van Zonneveld, que siguió a 3,174 personas entre 1954 y 1974, encontró que mantenerse laboralmente activo, mostrar interés por la lectura de periódicos y puntuar alto en pruebas de memoria predecían mejor la longevidad que el conjunto de indicadores fisiológicos medidos. El estudio de Gotemburgo, por su parte, no encontró un declive significativo ni en inteligencia ni en memoria antes de los 70 años, desafiando buena parte de los prejuicios populares sobre el deterioro cognitivo inevitable.

Qué trata realmente la psicogeriatría: principales áreas clínicas

Antes de entrar en las condiciones específicas, vale la pena mencionar cómo se organiza clínicamente el abordaje psicogeriátrico. Según el Hospital Universitario 12 de Octubre de Madrid, toda evaluación psicogeriátrica considera siempre tres aspectos fundamentales en conjunto: el lado biológico (la involución propia del organismo), el lado psíquico (la personalidad previa de la persona), y el entorno social que la rodea. Ningún síntoma se interpreta de forma aislada de estos tres ejes.

Con base en esta misma fuente hospitalaria, la patología psíquica más prevalente en esta etapa de la vida incluye los trastornos de ansiedad, la hipocondría y los trastornos somatoformes, los trastornos afectivos mayores, los cuadros esquizofrénicos y delirantes, el alcoholismo, y los cuadros de deterioro psicoorgánico, tanto agudos (el delirium) como crónicos (lo que hoy llamamos trastornos neurocognitivos mayores). Hay un punto que se menciona con menos frecuencia en otros recursos, pero que resulta clínicamente crucial: las reacciones adversas a medicamentos y los efectos secundarios de la polifarmacia —el consumo simultáneo de múltiples fármacos, algo común en personas mayores con varias condiciones médicas— pueden generar síntomas que imitan de forma casi perfecta un cuadro psiquiátrico, sin serlo realmente. Distinguir entre ambos escenarios es una de las tareas más delicadas de la evaluación psicogeriátrica.

En la práctica clínica actual, la psicogeriatría se ocupa de una amplia variedad de condiciones. Entre las más relevantes se encuentran los cuadros de demencia y deterioro cognitivo, los trastornos de la conducta, los trastornos del sueño, los trastornos de la marcha con impacto emocional, y de forma muy destacada, la depresión en el adulto mayor, que constituye la enfermedad mental más prevalente en esta población.

Un dato clínico particularmente relevante, y que pocas veces se explica bien fuera de los espacios académicos, es que los síntomas depresivos en las personas mayores pueden presentarse de forma menos intensa y más fluctuante que en adultos jóvenes, sin ser por ello menos incapacitantes. Esto hace que, con frecuencia, la depresión geriátrica se confunda con “cosas propias de la edad” y quede sin diagnosticar ni tratar durante años.

El tratamiento de la depresión en esta población suele combinar antidepresivos en dosis ajustadas con psicoterapia, similar al abordaje en adultos más jóvenes, aunque con particularidades importantes: la investigación reciente sobre antidepresivos duales como la vortioxetina, por ejemplo, ha explorado su relación con genes vinculados a la plasticidad sináptica del hipocampo, un área de investigación activa dentro del envejecimiento cerebral.

Cómo es realmente una evaluación psicogeriátrica

Más allá de la teoría, resulta útil entender qué ocurre concretamente durante una evaluación psicogeriátrica. Se trata de un examen completo que recoge información detallada sobre el historial médico, psicológico y social del paciente, e incluye test cognitivos específicos para evaluar la memoria, la atención y otras funciones, junto con cuestionarios para medir los niveles de ansiedad y depresión. Este enfoque multidimensional es justamente lo que permite distinguir un cuadro psiquiátrico real de, por ejemplo, un efecto secundario de la polifarmacia que mencionamos antes.

Un elemento distintivo de esta evaluación es que no se limita al paciente: incluye la implicación activa de la familia y de los cuidadores, con quienes el especialista conversa para obtener una visión completa del contexto y las dinámicas familiares que pueden estar influyendo en la salud mental de la persona mayor.

Desde el punto de vista teórico, uno de los marcos que respalda hoy el estudio psicogeriátrico es el modelo de Integración de Fortaleza y Vulnerabilidad (Strength And Vulnerability Integration, o SAVI), una teoría del envejecimiento que ayuda a explicar cómo las personas mayores, pese a una mayor vulnerabilidad fisiológica ante el estrés, suelen desarrollar también mayores fortalezas emocionales y estrategias de regulación acumuladas a lo largo de la vida.

En España, dos entidades reales concentran buena parte del desarrollo profesional de este campo: la Sociedad Española de Psicogeriatría (SEPG) y la Asociación Española de Psicogerontología (A.E.P.G), ambas dedicadas a la formación, la investigación y la divulgación en este ámbito.

Por qué ya no se dice “tipos de demencia”: la terminología actual del DSM-5

Algo que aprendí en mi primera clase de esta asignatura, y que sorprende a muchas personas —incluso a otros estudiantes de psicología—, es que el término “demencia” técnicamente ya no existe como categoría diagnóstica formal. El DSM-5 lo sustituyó por Trastorno Neurocognitivo Mayor (TNM), dentro de una sección más amplia llamada “Trastornos Neurocognitivos” que también incluye el delirium y una categoría nueva, el Trastorno Neurocognitivo Leve, que no existía formalmente en versiones anteriores del manual.

Este cambio no es solo cosmético. La propia palabra “demencia” proviene del latín y significa literalmente “sin mente”, una connotación que los expertos consideraron estigmatizante e imprecisa. Sustituirla por “trastorno neurocognitivo” pone el énfasis en la base orgánica y neurológica del problema, no en un juicio sobre la persona.

El criterio que distingue un trastorno neurocognitivo leve de uno mayor es, en esencia, funcional: si las dificultades cognitivas todavía permiten que la persona realice sus actividades básicas de la vida diaria (bañarse, vestirse, manejar su dinero) de forma independiente, se habla de trastorno leve. Cuando esa independencia ya se ve comprometida, se clasifica como trastorno neurocognitivo mayor —lo que coloquialmente seguimos llamando demencia—. Otro cambio importante es que la pérdida de memoria dejó de ser, por sí sola, un criterio obligatorio: hoy se evalúan seis dominios cognitivos distintos (atención compleja, función ejecutiva, aprendizaje y memoria, lenguaje, función visoperceptiva, y cognición social), y basta con una afectación significativa en al menos uno de ellos.

El DSM-5 especifica, además, hasta trece posibles causas o “etiologías” distintas detrás de un trastorno neurocognitivo mayor: la enfermedad de Alzheimer (la causa más común, responsable de alrededor del 70% de los casos), la enfermedad vascular, la degeneración frontotemporal, la enfermedad por cuerpos de Lewy, la enfermedad de Parkinson, infección por VIH, la enfermedad de Huntington, enfermedades por priones, el consumo de sustancias, un traumatismo cerebral, otra afección médica, múltiples etiologías combinadas, o una etiología no especificada. Es decir: la enfermedad de Alzheimer no es sinónimo de demencia, sino la causa más frecuente de un cuadro más amplio que puede tener orígenes muy distintos entre sí.

La historia real detrás del nombre “Alzheimer”: Alois Alzheimer y Auguste Deter

Ninguna clase sobre psicogeriatría está completa sin conocer la historia real detrás del nombre que hoy usamos casi como sinónimo de pérdida de memoria en la vejez. Y es, honestamente, una de las historias más humanas de toda la neurología.

El 25 de noviembre de 1901, una mujer de cincuenta y un años llamada Auguste Deter ingresó al Instituto para Enfermos Mentales y Epilépticos de Fráncfort —un lugar que los propios habitantes de la ciudad apodaban, con crudeza, el “castillo del demente”—. Su esposo, Karl Deter, ya no podía manejar solo su deterioro: sufría graves problemas de memoria, insomnio, desorientación progresiva, celos paranoicos y episodios de gritos y llanto.

El médico que la atendió, el psiquiatra y neurólogo alemán Alois Alzheimer (1864-1915), quedó profundamente intrigado por su caso. En una de las conversaciones clínicas que Alzheimer documentó cuidadosamente, y que se conservaron por más de setenta años antes de ser redescubiertas, le pidió a Auguste que escribiera su propio nombre. Ella escribió “Auguste”, y mientras lo hacía, repitió varias veces una frase que resume, quizás mejor que cualquier definición clínica, lo que se siente vivir con esta enfermedad: “Me he perdido a mí misma”.

En 1903, Alzheimer se trasladó a Múnich para trabajar como jefe de laboratorio y anatomía patológica bajo la dirección de Emil Kraepelin, uno de los psiquiatras más influyentes de la época. Siguió de cerca la evolución de Auguste a la distancia hasta que ella falleció, en 1906. Fue entonces cuando Alzheimer examinó su cerebro y encontró algo que cambiaría la historia de la neurología: la corteza cerebral era notablemente más delgada de lo normal, y presentaba dos tipos de anomalías nunca antes descritas con tanto detalle —placas seniles (acumulaciones de una proteína hoy conocida como beta-amiloide entre las neuronas) y ovillos neurofibrilares (acumulaciones de otra proteína, la tau, dentro de las propias neuronas—.

Alzheimer presentó sus hallazgos el 3 de noviembre de 1906 ante la Conferencia de Psiquiatría del Sudoeste Alemán, bajo el título “Sobre una enfermedad específica de la corteza cerebral”, y los publicó formalmente en 1907. Fue el propio Kraepelin quien, en 1910, decidió bautizar esta nueva condición como “enfermedad de Alzheimer”, en honor a su descubridor. Alzheimer murió apenas cinco años después, en 1915, sin llegar a imaginar la magnitud de la investigación internacional que su hallazgo terminaría desatando.

Lo que hizo este caso tan revolucionario no fue solo el descubrimiento en sí, sino lo que demostró: que un trastorno psiquiátrico observable en la conducta de una persona podía tener una causa física, orgánica, visible bajo el microscopio. Ese puente entre la psiquiatría y la neurología sigue siendo, más de un siglo después, uno de los pilares de la psicogeriatría moderna.

Hay un epílogo casi cinematográfico a esta historia: las muestras originales del cerebro de Auguste se perdieron durante décadas, hasta que en 1992 el profesor Manuel Graeber, de la Universidad de Sídney, logró localizarlas. Análisis genéticos posteriores revelaron que Auguste tenía una mutación específica en un solo gen, responsable de que desarrollara la enfermedad a una edad tan temprana —completando, más de cien años después, una pieza del rompecabezas que ni el propio Alzheimer llegó a conocer.

El vacío clínico que dio origen a la psicogeriatría: la analogía con la pediatría

Hay una forma sencilla de entender por qué era necesario que existiera la psicogeriatría como campo propio, y es pensar en cómo se organiza el resto de la medicina según la edad del paciente. La pediatría existe porque, hace tiempo, se reconoció que un niño no es simplemente “un adulto pequeño”: su cuerpo, su desarrollo y sus enfermedades requieren un abordaje especializado y distinto al de un adulto. Lo mismo ocurre, en el otro extremo de la vida, con el adulto mayor.

Durante mucho tiempo, existió la geriatría para atender las enfermedades físicas propias del envejecimiento, pero faltaba una rama equivalente enfocada específicamente en su salud mental: en sus emociones, sus pensamientos, su conducta, y en cómo estos podían verse afectados de formas que iban mucho más allá de “es normal, es por la edad”. Ese “diagnóstico a simple vista” —atribuir cualquier cambio de humor, de memoria o de comportamiento en una persona mayor únicamente al paso de los años, sin investigar más a fondo— es, precisamente, uno de los mayores riesgos que la psicogeriatría busca corregir.

Detrás de un adulto mayor que “ya no es el mismo” puede haber, en realidad, un cuadro de depresión geriátrica sin diagnosticar, un trastorno de ansiedad, o un trastorno neurocognitivo mayor en etapa inicial —todas condiciones que, con la evaluación adecuada, pueden identificarse y en muchos casos tratarse, en vez de simplemente resignarse a ellas como si fueran un destino inevitable de la vejez. Esa es, en el fondo, la razón de ser de la psicogeriatría: darle a la salud mental del adulto mayor el mismo nivel de atención especializada que, desde hace mucho, se le da a la salud mental de un niño o de un adulto joven.

Por qué la psicogeriatría importa cada vez más

La soledad y el deterioro físico y mental son obstáculos reales que muchas personas mayores deben enfrentar para vivir plenamente esta etapa de sus vidas, y el papel de la psicogeriatría es, precisamente, ayudarles a superar esas barreras. En un contexto donde el envejecimiento poblacional avanza con rapidez —una realidad ya evidente en España y en buena parte de Latinoamérica—, contar con profesionales formados específicamente en las particularidades de la salud mental en esta etapa deja de ser un lujo académico y se convierte en una necesidad social urgente.

Preguntas frecuentes sobre psicogeriatría

¿Por qué ya no se usa el término “demencia” en el diagnóstico oficial?

Porque el DSM-5 lo sustituyó por “Trastorno Neurocognitivo Mayor”, un cambio pensado tanto para reducir el estigma del término original (que significa literalmente “sin mente”) como para enfatizar la base orgánica y neurológica de estos trastornos.

¿Alzheimer y demencia son lo mismo?

No. El Alzheimer es la causa más común de un trastorno neurocognitivo mayor (aproximadamente el 70% de los casos), pero no la única — existen otras trece causas posibles reconocidas por el DSM-5, como la enfermedad vascular o la degeneración frontotemporal.

¿Cuál es la diferencia entre gerontología y geriatría?

La gerontología es la ciencia amplia y multidisciplinar que estudia el envejecimiento en su totalidad. La geriatría es específicamente la rama médica de la gerontología, enfocada en las enfermedades físicas propias de la vejez.

¿La psicogeriatría es lo mismo que la psicogerontología?

No exactamente. La psicogerontología estudia el envejecimiento psicológico en general, tanto normal como patológico. La psicogeriatría es una rama más específica dentro de ella, centrada concretamente en las enfermedades mentales de la vejez.

¿Por qué la depresión en personas mayores es tan difícil de detectar?

Porque sus síntomas suelen ser menos intensos y más fluctuantes que en adultos jóvenes, lo que hace que frecuentemente se confundan con cambios “normales” del envejecimiento, retrasando el diagnóstico y el tratamiento.

¿Un psicólogo general puede atender a un paciente de edad avanzada?

Puede hacerlo, pero la psicogeriatría aporta un conocimiento especializado sobre las particularidades de esta etapa vital —tanto en la evaluación como en el tratamiento— que mejora significativamente la calidad de la atención.

Conclusión

La psicogeriatría no es simplemente “psicología aplicada a personas mayores” — es un campo con una historia propia de más de un siglo, con hallazgos que desafían buena parte de los estereotipos sobre el envejecimiento, y con una relevancia clínica que solo va a crecer en los próximos años. Entender la diferencia entre este campo y sus disciplinas hermanas es el primer paso para brindar a las personas mayores la atención específica y digna que merecen.

Este artículo tiene fines informativos y no sustituye una consulta con un profesional de la salud mental.

Referencias Bibliográficas

  • Forteza, J. A. Etapas históricas de la Psicogerontología. Recorrido académico citado en ISFAP, Instituto Superior de Formación de Apertura Psicológica.
  • Vallejo Ruiloba, J. (2015). Introducción a la psicopatología y la psiquiatría. Elsevier.
  • Agüera-Ortiz, L. F. (2020). Antidepresivos y depresión geriátrica: envejecimiento cerebral. Psicogeriatría, 10(Supl. 1), S1-S9.
  • Cumming, E., y Henry, W. E. (1961). Growing Old: The Process of Disengagement. Basic Books.
  • Birren, J. E. (1959). Handbook of Aging and the Individual. University of Chicago Press.
  • Charles, S. T. (2010). Strength and Vulnerability Integration (SAVI): A model of emotional well-being across adulthood. Psychological Bulletin, 136(6), 1068-1091.
  • Hospital Universitario 12 de Octubre. (2024). Psicogeriatría. Comunidad de Madrid.

Cesarina Ruiz

Estudiante de término de Psicología Clínica y Licenciada en Informática. Creadora de Psicología y Psique, un espacio dedicado a explicar la salud mental y las emociones con base científica y lenguaje claro.

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