Qué es el Masking en el Autismo y su Costo Neuropsicológico

Vivir intentando encajar en un entorno que exige ocultar o modificar rasgos propios puede convertirse en una experiencia profundamente agotadora. El masking o camuflaje social ayuda a entender por qué algunas personas autistas sienten que deben vigilar constantemente cómo hablan, miran o se comportan, y qué relación puede tener ese esfuerzo con su bienestar.

Creado por Cleyvis Ruiz

Imagina por un momento que te obligan a actuar en una obra de teatro las 24 horas del día, los 7 días de la semana, sin guion previo y en un idioma que no terminas de dominar de forma nativa. Tienes que calcular milimétricamente cada sonrisa, medir conscientemente la intensidad de tu mirada, ensayar tus gestos frente al espejo antes de salir de casa y reprimir cualquier impulso natural para que el público no note que eres diferente. Al final del día, cuando cae el telón y por fin estás a solas en tu habitación, el cansancio que experimentas no es solo físico; sientes un vacío profundo, una despersonalización alarmante y un agotamiento mental absoluto que parece borrarte la identidad.

Esto que acabas de imaginar se parece a la experiencia que algunas personas autistas describen cuando hablan de masking, enmascaramiento o camuflaje social. No todas las personas autistas lo utilizan de la misma manera ni lo viven con las mismas consecuencias. Para algunas puede ser una estrategia que facilita determinadas interacciones, ayuda a evitar el rechazo o permite desenvolverse en contextos sociales exigentes; para otras, mantenerla durante mucho tiempo puede implicar un esfuerzo considerable y relacionarse con agotamiento, estrés o sensación de desconexión de la propia identidad.

Por eso prefiero no describir el masking como algo necesariamente bueno o malo. Me interesa comprender por qué aparece, qué función cumple para la persona y qué ocurre cuando la presión por parecer “socialmente adecuada” obliga a mantener constantemente comportamientos que no resultan naturales o cómodos.

Cómo se mide el masking en el autismo: el instrumento CAT-Q

Como estudiante de Psicología y de la especialización en Psicometría, hay un dato que me pareció especialmente valioso investigar para este artículo: el masking no es solo un concepto utilizado para describir determinadas experiencias sociales, también existen instrumentos que permiten estudiarlo de una manera más sistemática.

Uno de ellos es el Cuestionario de Rasgos de Camuflaje Autista (CAT-Q), desarrollado por Laura Hull y su equipo. El estudio de validación incluyó a 354 adultos autistas y 478 adultos no autistas, lo que permitió analizar psicométricamente el instrumento en ambos grupos (Hull et al., 2019).

El CAT-Q está compuesto por 25 ítems y utiliza una escala de respuesta de siete puntos. Sus resultados se organizan en tres dimensiones: compensación, masking o enmascaramiento y asimilación. La compensación recoge estrategias utilizadas para desenvolverse en situaciones sociales; el masking se relaciona con conductas dirigidas a ocultar o reducir la visibilidad de determinados rasgos autistas; y la asimilación refleja el esfuerzo por encajar dentro de una interacción o situación social.

La puntuación total puede ir de 25 a 175 puntos. Las puntuaciones más altas indican una mayor frecuencia de estrategias de camuflaje autoinformadas.

Aquí quiero detenerme en algo que para mí es especialmente importante desde la psicometría: el CAT-Q no diagnostica autismo. Una puntuación elevada tampoco debe interpretarse de manera aislada. El instrumento permite explorar experiencias de camuflaje, pero sus resultados necesitan entenderse dentro del contexto de la persona y, cuando se utiliza dentro de una evaluación, integrarse con otras fuentes de información.

Qué es el masking en el autismo: cuando adaptarse implica ocultar parte de uno mismo

Aunque usamos con frecuencia palabras como masking, camuflaje y compensación como si significaran exactamente lo mismo, la literatura científica todavía presenta diferencias en la manera de definir estos conceptos. De forma general, el camuflaje social se refiere a estrategias conscientes o parcialmente automáticas mediante las cuales una persona intenta ocultar, modificar o compensar características autistas para adaptarse a determinadas expectativas sociales.

Esto puede incluir aprender reglas sociales de manera explícita, observar cómo actúan otras personas y reproducir determinadas conductas, controlar movimientos naturales, preparar conversaciones con anticipación o vigilar constantemente la propia expresión facial, tono de voz y contacto visual.

Algunas estrategias descritas en las investigaciones y por las propias personas autistas son:

  • Regular deliberadamente el contacto visual: mirar durante determinados momentos porque se ha aprendido que socialmente se espera hacerlo, aunque mantener esa mirada pueda resultar incómodo o requiera esfuerzo.
  • Ensayar o imitar interacciones sociales: preparar conversaciones, observar gestos, copiar expresiones o aprender determinadas respuestas que facilitan la interacción.
  • Suprimir el stimming o determinadas conductas autorregulatorias: algunas personas intentan ocultar movimientos repetitivos, balanceo, movimientos de manos u otras conductas por temor a ser observadas, juzgadas o rechazadas.
  • Monitorizar continuamente la propia conducta: estar pendiente de cómo sentarse, cuándo hablar, cuánto sonreír, qué tono utilizar o si la respuesta que se está dando parece socialmente adecuada.

Algo importante es que el masking no pertenece exclusivamente a las mujeres autistas ni aparece de la misma forma en todas las personas. Las investigaciones muestran diferencias entre grupos y experiencias individuales, por lo que no conviene utilizarlo como una característica universal del autismo.

La perspectiva neuropsicológica del masking: por qué puede resultar tan agotador

Una de las preguntas que más me interesó investigar para este artículo fue por qué muchas personas autistas describen el masking como algo profundamente agotador. Desde la neuropsicología puede resultar tentador decir simplemente que “la corteza prefrontal se satura” o que el cerebro “se queda sin energía”, pero la evidencia disponible no permite explicarlo de una manera tan simple.

Mantener una interacción mientras se observa conscientemente el contacto visual, los gestos, el tono de voz, las respuestas de la otra persona y la propia conducta puede requerir altos niveles de automonitorización. Algunas investigaciones cualitativas describen estas estrategias como mentalmente demandantes, especialmente cuando deben mantenerse durante largos períodos.

Desde la neuropsicología podemos relacionar algunas de estas demandas con procesos como la atención, la memoria de trabajo, el control inhibitorio y la monitorización de la conducta, todos ellos vinculados conceptualmente con las funciones ejecutivas. Sin embargo, eso no significa que esté demostrado que el masking obligue literalmente a las funciones ejecutivas a trabajar “al 200 %” ni que consuma una reserva específica de la corteza prefrontal.

Lo que sí aparece repetidamente en estudios y testimonios de personas autistas es la experiencia de esfuerzo sostenido, agotamiento y necesidad de recuperación después de mantener estrategias de camuflaje durante mucho tiempo. Una revisión sistemática sobre camuflaje en el autismo también ha encontrado asociaciones entre mayores niveles de camuflaje autoinformado y dificultades de salud mental, aunque estas relaciones no son idénticas en todas las personas y no permiten afirmar una causalidad simple (Cook et al., 2021).

Aquí aparece además un concepto relacionado, pero diferente: el burnout autista. Las primeras investigaciones sobre este fenómeno lo describieron a partir de experiencias de personas autistas caracterizadas por agotamiento profundo, reducción de algunas capacidades funcionales y menor tolerancia a estímulos (Raymaker et al., 2020). Estudios posteriores han seguido investigándolo, pero todavía existen preguntas abiertas sobre sus mecanismos, medición y diferencias individuales.

Por eso no debe describirse como un “apagón neurológico” producido porque la corteza prefrontal se haya quedado sin energía. La evidencia lo relaciona de manera más amplia con una acumulación de demandas, estrés sostenido, falta de apoyos adecuados, sobrecarga sensorial y social y, en algunas personas, camuflaje prolongado.

También quiero hacer una distinción importante: que dos variables estén asociadas no significa que una cause automáticamente la otra. Algunos estudios relacionan un mayor camuflaje con ansiedad, depresión, agotamiento o peor bienestar, pero estas relaciones son complejas y pueden variar considerablemente entre personas. El masking puede formar parte de esa carga acumulativa sin ser necesariamente la única causa del malestar.

El masking y el diagnóstico tardío del autismo: cuando los rasgos pasan desapercibidos

Uno de los aspectos que más me llamó la atención al investigar el masking es que una estrategia creada precisamente para evitar destacar puede terminar haciendo que algunas características autistas sean menos visibles para quienes rodean a la persona e incluso para profesionales durante evaluaciones breves.

La investigación sugiere que el camuflaje puede contribuir al diagnóstico tardío o a que determinadas personas no sean identificadas durante la infancia, especialmente algunas niñas y mujeres y personas autistas sin discapacidad intelectual. Sin embargo, el masking no es la única explicación. También influyen los sesgos diagnósticos, las diferencias en la presentación del autismo, las expectativas sociales, el acceso a especialistas y la presencia de otros problemas psicológicos que pueden ocupar inicialmente el centro de la atención clínica.

Por eso tampoco podemos afirmar que toda persona diagnosticada en la adultez haya pasado necesariamente por múltiples diagnósticos erróneos. Lo que sí muestran varios estudios cualitativos es que algunas personas describen trayectorias clínicas complejas y cuentan que durante años recibieron explicaciones parciales para dificultades relacionadas con ansiedad, depresión, relaciones sociales o regulación emocional antes de comprender que también eran autistas.

Hay otra parte de este fenómeno que me parece especialmente humana: la identidad. Algunas investigaciones con adultos autistas describen que mantener durante años una vigilancia constante de la propia conducta puede relacionarse con una sensación de desconexión del propio yo. No ocurre de la misma manera en todas las personas, pero sí aparecen relatos de adultos que, después del diagnóstico, comienzan a reinterpretar experiencias de toda su vida desde una perspectiva diferente.

Por eso quiero conservar una pregunta que resume muy bien esa experiencia: “¿Quién soy yo realmente cuando la máscara social se cae?”

No existe una respuesta única. Para algunas personas, recibir un diagnóstico en la adultez puede facilitar una mayor comprensión de sí mismas; para otras también puede iniciar un proceso complejo de reorganización de la propia identidad. Ambas experiencias pueden coexistir.

Masking, género y diagnóstico: por qué algunas personas pasan más desapercibidas

Durante muchos años, la investigación sobre autismo y los modelos utilizados para reconocerlo se construyeron principalmente a partir de poblaciones masculinas. Este hecho ha contribuido a que la presentación del autismo en algunas niñas y mujeres haya recibido menos atención y, en determinados casos, sea identificada más tarde.

El masking es uno de los factores estudiados dentro de esta diferencia, pero no debemos presentarlo como “la causa principal” del subdiagnóstico femenino. Revisiones recientes señalan que intervienen múltiples elementos: diferencias en la manifestación observable de algunos rasgos, sesgos en los procedimientos diagnósticos, condiciones psicológicas coexistentes y el propio camuflaje (Cook, Hull y Mandy, 2024).

Algunos estudios encuentran que, en promedio, las mujeres autistas reportan mayores niveles de determinadas estrategias de camuflaje que los hombres autistas. También se ha observado que personas diagnosticadas durante la adultez pueden informar mayores niveles de algunas formas de camuflaje que quienes recibieron el diagnóstico más temprano.

Sin embargo, esto no convierte el masking en una experiencia exclusivamente femenina. Hombres autistas, personas no binarias y personas de género diverso también describen estrategias de camuflaje. Un estudio de McQuaid, Lee y Wallace (2022), realizado con 502 adultos autistas, encontró diferencias relacionadas tanto con sexo como con identidad de género y momento del diagnóstico.

Esto me parece especialmente importante porque crear una nueva imagen estereotipada —por ejemplo, pensar que “las mujeres enmascaran y los hombres no”— podría provocar justamente el problema que intentamos evitar: dejar fuera a personas cuya experiencia no encaja con esa expectativa.

También necesitamos más investigación que represente mejor la diversidad cultural, racial, socioeconómica y de necesidades de apoyo dentro del autismo. Buena parte de los estudios sobre camuflaje se ha realizado con adultos occidentales, sin discapacidad intelectual y con capacidad para completar cuestionarios de autoinforme, por lo que no debemos generalizar automáticamente sus resultados a todo el espectro autista.

Preguntas frecuentes sobre el masking en el autismo

¿Existe algún instrumento para medir el masking?

Sí. Uno de los instrumentos más utilizados en investigación es el Cuestionario de Rasgos de Camuflaje Autista (CAT-Q), compuesto por 25 ítems y organizado en tres dimensiones: compensación, masking y asimilación. Es importante recordar que se trata de un instrumento de autoinforme: no ofrece una medición “objetiva” del masking ni sirve por sí solo para diagnosticar autismo.

¿El masking es lo mismo que mentir o fingir deliberadamente?

No necesariamente. El masking puede incluir ocultar o modificar determinados comportamientos para adaptarse a las expectativas del entorno, protegerse del rechazo o facilitar una interacción social. Algunas estrategias son conscientes y otras pueden haberse aprendido hasta volverse bastante automáticas. No debería interpretarse simplemente como engaño o manipulación.

¿El masking afecta solamente a las mujeres autistas?

No. Las mujeres autistas reportan, en promedio, mayores niveles de algunas formas de camuflaje en diversos estudios, pero el masking también aparece en hombres autistas y personas de género diverso. No es una característica exclusiva de un género.

¿Qué es el burnout autista?

El burnout autista es un concepto que ha surgido principalmente a partir de las experiencias descritas por personas autistas y que actualmente cuenta con un cuerpo de investigación en crecimiento. Se ha caracterizado por agotamiento intenso y prolongado, reducción de algunas capacidades funcionales y menor tolerancia a los estímulos. No está demostrado que se produzca porque la corteza prefrontal “se quede sin energía”, y tampoco debe confundirse automáticamente con depresión o burnout laboral.

¿El masking provoca ansiedad o depresión?

Los estudios encuentran asociaciones entre mayores niveles de camuflaje y distintos indicadores de malestar psicológico, pero una asociación no demuestra que el masking sea por sí solo la causa de ansiedad o depresión. El contexto social, el estigma, las experiencias de rechazo, los apoyos disponibles y otras variables también pueden influir.

¿Un diagnóstico de autismo en la adultez puede seguir siendo útil?

Para algunas personas sí. Estudios cualitativos muestran que recibir un diagnóstico tardío puede ayudar a reinterpretar experiencias pasadas, comprender determinadas necesidades y acceder a apoyos. Sin embargo, cada experiencia es diferente y el diagnóstico no produce automáticamente los mismos efectos emocionales en todas las personas.

Conclusión: comprender el masking sin convertirlo en otra regla

Como estudiante de Psicología y de la especialización en Psicometría, una de las cosas que más me deja este tema es la importancia de no interpretar una conducta de manera aislada. El masking puede parecer desde fuera simplemente una persona “adaptándose bien”, pero detrás de esa adaptación pueden existir experiencias muy diferentes que no son visibles a simple vista.

También aprendí investigando este artículo que sería un error irnos al extremo contrario y asumir que toda estrategia de camuflaje es necesariamente dañina. Algunas personas autistas explican que determinadas estrategias les han permitido protegerse, acceder a espacios sociales o desenvolverse mejor en situaciones concretas. Otras describen un costo importante cuando sienten que deben mantenerse constantemente vigilando, ocultando o corrigiendo su propia conducta.

Por eso el objetivo no debería ser obligar a una persona a parecer más neurotípica, pero tampoco imponerle la obligación de “quitarse la máscara” en cualquier contexto. El unmasking puede ser significativo para algunas personas, pero debe ocurrir respetando su seguridad, sus decisiones, su entorno y sus necesidades.

Creo que una mirada psicológica realmente respetuosa empieza por escuchar qué función cumple el masking para esa persona concreta. No se trata simplemente de preguntar cuánto camufla, sino por qué siente que necesita hacerlo, qué esfuerzo le supone, en qué situaciones puede mostrarse con mayor naturalidad y qué apoyos podrían permitirle vivir con menos presión para ocultar quién es.

Comprender el masking desde esta perspectiva nos recuerda algo fundamental: detrás de una conducta observable siempre existe una historia, un contexto y una persona que no puede reducirse a una puntuación, una etiqueta o un único indicador.

Este artículo tiene fines informativos y educativos y no sustituye una evaluación, diagnóstico, tratamiento ni consulta con un profesional cualificado de la salud mental.

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Cleyvis Ruiz

Estudiante de término de Psicología Clínica y Licenciada en Informática. Creadora de Psicología y Psique, un espacio dedicado a explicar la salud mental y las emociones con base científica y lenguaje claro.

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